El presidente de Haití, Michel Martelly, ha dado un ejemplo de tolerancia, dejando claro que es un hombre sin rencor político. Ha dicho el jefe de Estado, durante una visita a Madrid, España, que la presencia de Jean Claude Duvalier no le molesta en lo absoluto a su gobierno, y eso es bueno.
Para algunos, suponemos nosotros, el señor Martelly debió haber respondido con el similar encono a que nos tenía acostumbrado Jean Bertrand Aristide, el antiguo sacerdote que lanzaba rayos y centellas contra todo lo que era opuesto a su partido, Familia Lavalás. Fue uno de los propulsores del llamado “suplicio del collar”.
He ahí la diferencia, parta sorpresa de muchos, entre este nuevo jefe de Estado haitiano, aunque sus adversarios y no adversarios mantienen un gran escepticismo sobre si llevaría por buena ruta al descalabrado país, el más pobre del hemisferio. Se está manejado, insisto para sorpresa de muchos, con mucha ecuanimidad.
Se puede decir, visto el asunto desde este lado de la Isla Hispaniola, que Martelly está dando un ejemplo de tolerancia, pero la prudencia con que se maneja cuando se refiere a la República Dominicana lo hace ver como si se trata de un veterano líder político, dando clases a quienes hicieron lo imposible para evitar su llegada al poder.
Parece que sus asesores les han advertido que este es país es el “paño de lágrima” de los haitianos, porque es hacia el Este que marchan para de alguna forma saciar su desgraciada existencia, aunque muchos núcleos de parte occidental no lo entienden. Por suerte este hombre llegó al poder con un discurso conciliador.
Eso no implica, obviamente, que en momento determinado no haya cometido él algún desaguisado o exabrupto, probablemente en algún escenario dominicano al que fuera llamado antes de las votaciones en que resultó electo. Y lo digo, viendo el asunto sin apasionamiento, que una cosa es guitarra y otra con violín.
No es lo mismo ser candidato que gobernante, y viceversa, básicamente si el que dirige los destinos de un país sabe que su vecino le sirve de soporte para amortiguar situaciones internas como las que se viven en el empobrecido Estado. Haitianos y dominicanos nos necesitamos unos a otros.
El caso es que la reacción de Martelly respecto a la presencia de Duvalier en Puerto Principe es la propia de un hombre que está aprendiendo a manejarse en el avispero político que ha sido Haití desde víspera de su independencia, materializada el 1 de enero de 1804. Desde que el nuevo presidente de Haití, Michel Martelly, aseguró en Madrid que el retorno al país caribeño del exdictador Jean Claude Duvalier no le molesta “en absoluto”, “porque, por encima de todo, es haitiano". “Le diré que la Constitución haitiana no prevé el exilio, por lo tanto el señor Duvalier, dictador o no, está en su casa y eso no es inconstitucional.
El Viajero Digital