Santo Domingo. —
Aún con el eco reciente de cumplir medio siglo de vida, David Ortiz volvió a sentir el abrazo de su pueblo. Esta vez, no desde un estadio, sino desde la imponente avenida Winston Churchill, donde su nombre quedó sellado para siempre en el Bulevar de las Estrellas, ese pasillo simbólico que acoge a los más grandes. Allí, bajo el cielo abierto y el ruido incesante de los vehículos que cruzaban a ambos lados, el “Big Papi” fue exaltado en un acto tan sencillo como cálido, tan espontáneo como profundamente dominicano.
Funcionarios del Gobierno, legisladores, dirigentes deportivos, comunicadores, amigos y admiradores se reunieron alrededor de un hombre cuya figura trasciende el béisbol. De Ortiz se elogió no solo al jugador legendario, al héroe de Cooperstown que llevó a los Medias Rojas a romper “La maldición del Bambino” en 2004 y a ganar otras dos series mundiales, sino al ícono que brilló en el Escogido, en la Serie del Caribe, y también fuera del terreno, donde su mirada siempre ha estado puesta en la gente.
Carlos Batista Matos, presidente de la Fundación Bulevar de las Estrellas, lo explicó con claridad: el reconocimiento busca “contribuir a la perdurabilidad de su legado en la memoria pública, el legado de un muchacho que de la nada se empinó a la fama mundial”. Para muchos, esa historia es espejo y esperanza.
Entre los presentes, una madre dominicana alzó la voz para recordarlo. Tanya Elisa Alcántara, con emoción contenida, agradeció al Fondo para la Niñez David Ortiz por salvar la vida de su hija Jadaza, de apenas ocho años, quien nació con graves problemas cardíacos. Hoy, la niña sonríe sana. Y Ortiz, al escucharla, volvió a emocionarse.
“Soy un dominicano mil por mil”, dijo con la sinceridad que lo caracteriza. “Quise ser una persona que marcara un antes y un después. Doy gracias a Dios por darme la sabiduría para manejar mis emociones, los buenos y los malos momentos que todos tenemos”. Y agregó, con el pecho visiblemente apretado: “Estoy muy impresionado y honrado por este reconocimiento. Gracias a cada uno de ustedes por apoyar mi carrera”.
El ministro de Deportes, Kelvin Cruz, resaltó su humildad, esa virtud que —dijo— resulta difícil conservar cuando se alcanzan honores tan altos. Roberto Ángel Salcedo, ministro de Cultura, fue más allá al afirmar que la figura de Ortiz trasciende el deporte para convertirse en referente cultural: “Es el ejemplo más fiel de que el trabajo y la disciplina conducen a buenos resultados. Las futuras generaciones ven en él un modelo”.
El cronista Héctor Gómez ofreció la semblanza del homenajeado, un recorrido que llevó a todos desde 1992, cuando Ramón “Pintacora” de los Santos lo firmó para los Marineros de Seattle, hasta el estrellato absoluto en Boston y su consagración en Cooperstown.
Diplomáticos, legisladores, autoridades deportivas, empresarios y exjugadores —entre ellos el cónsul William Swaney, el senador Carlos Gómez, la diputada Selinée Méndez, José Joaquín Puello, Luisín Mejía, Junior Noboa, Fernando Rodney y Alieska Díaz— se sumaron al aplauso que parecía no agotarse.
David Ortiz recibió una estrella, sí. Pero la mayor de todas ya la tenía: el cariño de un país que lo siente suyo, que lo vio crecer, caer, levantarse y triunfar. Un país que reconoce en él la grandeza que se mide no por jonrones, sino por humanidad.
Y por eso, entre el ruido de la ciudad y el calor de su gente, el Big Papi volvió a repetirlo, con su sonrisa amplia y el corazón abierto:
“Estoy muy agradecido de todos los dominicanos”.

