Por: Rafael R. Ramírez Ferreira
Cuando las mentiras unen a la gente,
la verdad los separa. Mantén en
ti la integridad, que siempre,
al final, gana.”
Mentalmente, debido a la falsa publicidad, la misma donde toda acción queda cubierta bajo un halo de incertidumbre sobre su fin último, momento en que, inclusive, se llega a pensar que aparte del engaño político, solo los beneficios económicos que deja, es lo que cuenta.
Esto, muy a pesar de que otros tantos, dentro de este pueblo absurdo por ciclos o eras, han llegado a la creencia de que, la claque política se ha convertido en algo parecido a una roca, en una imagen que emana un poder ineficiente y corrupto pero que, al mismo tiempo, lo puede aplastar en cualquier momento y, por eso, prefiere soportar sus indelicadas cuitas con todo lo que tiene que ver con lo inmoral y abusivo.
¿De la justicia? Todos sabemos que es independiente, pero, con una cadena de fuertes eslabones que, si no toman el camino señalado por los políticos y, peor aún, por el poder económico, esas cadenas se encargan de enderezarlos hacía el camino designado. Algo así como que, por la buena coge el surco o por la mala cambia el paso.
Por esa razón es que viven como reyes, demostrando en cada una de sus actuaciones, la ostentación de riquezas, solo igualadas por sus estrambóticas y toscas modales, que salen a relucir hasta en los lugares que ostentosamente señalan como “sagrados”, es decir, en sus austeras salas donde llevan a cabo sus “delicadas funciones”.
Por eso es por lo que sostienen, a costa de una clase media golpeada salvajemente, un clientelismo político que crece como la verdolaga y que mantiene toda una camarilla de vagos que solo aspiran a vivir del clientelismo “político solidario”, sin que haya esfuerzo alguno por superarse, a menos que no sea en el moto concho o empacar productos en los supermercados.
Esta es la razón por la que vemos como unos herederos, borrachitos de un supuesto liderazgo, han vivido de regalar lo que le pertenece al Estado, pretendiendo confundir la desigualdad existente dentro de la población, con la inequidad que sus actos indecorosos producen.
Este accionar nos ha estado conduciendo por un camino peligroso, ahíto de iniquidad, donde solo ellos están blindados, donde, por demás, ocultan que esas iniquidades son producto de desigualdades injustas.
Es esa la razón por la que nos inundan con una publicidad engañosa, siendo raro el día donde no salga un estudio que presente la referida desigualdad siempre en declive, sin que se diga que la misma es producto de la injusticia en sí misma.
Quizás esto sea un barrullo más, pero ¿dónde están los sociólogos? ¿Habrán desaparecido junto con el recordado Teofilo Barreiro?, ya que, ante esta incertidumbre social donde los profesionales se desviven, no por ejercer su profesión en la especialidad que se trate, si no, en dirigir sus esfuerzos hacía algún logro político, económico o farandulero, tendríamos que cuestionarnos; ¿Qué está pasando en nuestra sociedad, en nuestros barrios, en las escuelas, qué se está enseñando? ¿Tendrá algo que ver la ADP?
O quizás; ¿Será la incertidumbre sobre un futuro incierto y la degradación del ejercicio de la política? ¿Quién podrá hacer un estudio sobre la fiebre por obtener las cosas en lo inmediato, que azota a nuestra juventud? ¿estará cimentada en la incertidumbre que han sembrado los políticos en cuanto al futuro de ellos?
¿Qué puede esperarse de políticos que imitan aquello de cambiar oro por espejitos y, que hoy, cambian el voto por juguetes o funditas?
¿Bien podríamos decir que esos tiempos han traído estas tempestades, dando cabida a la intromisión de lo peor de la sociedad a la política partidista, blandiendo un dinero sucio que ha convertido la política en un vil mercado, donde putos (as) se disputan los puestos electivos?
¿Por qué nadie habla sobre la proliferación del moto concho y las relojerías en nuestros barrios paupérrimos? Por hoy no vamos a decir más nada. ¡Sí señor!

