Se han saciado hasta el hartazgo y han erigido el engaño en política Porque: “No basta con anhelar unporvenir venturoso; es menester obrar para merecerlo” 

Por Rafael R. Ramírez Ferreira. 

El conocimiento no se ajusta a 

los objetos; son, más bien, los objetos 

los que se ajustan a las estructuras mentales 

del sujeto. 

Kant 

Pensándolo bien, cuando se consuma una de las pocas realidades que al ser humano no le es dado apresurar ni detener —el tiempo—, acaso este pueblo, al borde de ese umbral, advierta al fin cuánto ha perdido por confiar en que la sola voluntad de los políticos mudaría las circunstancias adversas que han hecho de nuestra existencia una travesía tan desdichada. 

Así lo creemos porque, con convicción cada vez más firme, advertimos que en este sainete de la vida pública no impera otra cosa que el interés particular de sus actores. En medio de ese corral de ambiciones, no hay secreto que resista demasiado tiempo. 

Quizá uno de los rasgos que mejor delata este proceder errático de muchos mal llamados líderes sea que, en proporción asombrosa, pertenecen a ese linaje de quienes lograron salir de la pobreza, vaya uno a saber por cuáles vericuetos. En esa nomenclatura abundan quienes suponen que el problema se resuelve con la mera obtención de un título, mientras el aprendizaje queda relegado.

A ellos se añaden billonarios de origen modesto, sindicalistas vociferantes, panfletarios rompe huelgas y quienes han hecho del juego una industria lucrativa, alentando a los más necesitados a buscar en el azar la redención de sus penurias. Y, en cuanto a quienes han gravitado en torno al gran negocio de las drogas, basta con advertir su influencia creciente. 

Decimos esto a riesgo del juicio de los aduladores que viven al acecho de prebendas bajo la sombra de quienes se han consagrado al narcotráfico. Unido al juego de azar, ese negocio ha terminado por infiltrarse en los estamentos políticos. Muchos de sus beneficiarios se han revestido de respetabilidad aparente y han perseguido, además, la aspiración suprema de esa claque: dejar de ser simples narcos para adueñarse de la política, territorio que luego le ofrece resguardo frente a la justicia. 

Tenemos ante nosotros la trayectoria de algunos de esos personajes que, mediante influencias y cuantiosas sumas de dinero, han conseguido incluso que les sea restituida la visa estadounidense cancelada por sus vínculos con el narcotráfico. 

No falta entre ellos alguno ampliamente señalado como cabecilla de AA (agua por delante, agua por detrás) cuyos primeros pasos delictivos estuvieron ligados al tráfico de inmigrantes indocumentados en precarias yolas.  

Más tarde, él y los suyos comprendieron que, al entrelazar esa práctica con el tráfico de drogas, el negocio adquiría proporciones mucho más lucrativas. Algunos han llegado, inclusive, a ser elevados a la categoría de héroes, circunstancia que, por desgracia, no nos resulta extraña desde los mismos albores de la nación. 

Tampoco se trata de algo ajeno a la condición humana, la misma que fabrica sus dioses a imagen y semejanza propia, incluidos esos dioses terrenales que encumbra y sostiene. Muchos pertenecen a los llamados a impartir justicia, pero terminan obedeciendo la voluntad de quienes los nombraron: preservar los intereses de quienes detentan el poder, ya sea el político —el más visible— o el poder sumergido de los dueños del capital. 

Por ese obrar, sólo en apariencia paradójico, el hombre político gasta más energías en defenderse de sus semejantes que de aquello que dice combatir. Esa prioridad revela, con crudeza, la naturaleza real de su conducta. ¡Sí señor! 

 

 

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