Todo indica que este gobierno podría concluir como una expresión de fracaso político Porque: “Cuanto más necesitas la aprobación de otros, más te alejas de ti mismo” 

 Por: Rafael R. Ramírez Ferreira 

“Los más fuertes son amables, 

los inteligentes silenciosos, 

los ricos son sencillos y 

los más felices son reservados”. 

Con el paso del tiempo, la experiencia parece confirmar una idea que Karl Marx formuló con agudeza: la historia tiende a repetirse, primero como tragedia y después como farsa. Esa observación, por su vigencia, sigue ofreciendo una referencia útil para interpretar diversos procesos sociales y políticos. 

En nuestro país, esa reflexión parece reflejarse en una práctica política que insiste en reeditar fórmulas ya fracasadas, primero padecidas como hechos graves y más tarde presentadas como soluciones renovadas. La repetición de esas estrategias, sostenida en promesas poco creíbles y en liderazgos de escasa consistencia, ha terminado por debilitar la confianza pública y por reproducir errores que ya habían mostrado sus consecuencias. 

La situación actual resulta preocupante, no solo por el contexto internacional, sino también por la desconexión entre el discurso oficial y las condiciones reales que enfrenta la ciudadanía. Cuando la gestión pública se apoya en narrativas que no responden a los hechos, se deteriora la credibilidad institucional y se profundiza la percepción de que el poder se ejerce de espaldas a las necesidades del país. 

Eso es lo que se ve, que lo que no, es lo que asusta y hace perder la esperanza de algún tipo de cambio tendente a crear el debido ambiente para el buen desarrollo de la vida en convivencia como familia, como pueblo, pero, eso oculto que no les permite a los gobernantes ejercer plenamente sus funciones, sin duda alguna es la causa principal de todas nuestras desgracias. 

Pareciese realmente, que estamos viviendo los tiempos donde se han hecho realidad las peores cosas que las irresponsabilidades políticas, sus elocuentes y aguerridos discursos y sus vergonzantes acciones han permitido pese a sus negaciones a todo lo pecaminoso, ya que solo ven la situación desde su limitada y selectiva visión, que los datos hayan matado todo su relato, sí señor, “dato mata relato”, se ha hecho toda una dolorosa realidad. 

En esta persistencia política también puede situarse el fracaso en la organización del tránsito terrestre, agravado por prácticas clientelistas que han contribuido al caos vehicular. Aunque se crean programas de ayuda social como “Supérate” y la Tarjeta Joven, la educación escolar sigue mostrando deficiencias graves, a pesar de los miles de millones que se destinan cada mes. La formación en principios básicos continúa siendo insuficiente, incluido el aprendizaje de responsabilidades ciudadanas como la buena conducción en las carreteras. En esas condiciones, resulta difícil esperar mejoras en el comportamiento ciudadano si la escuela no cumple su función y el partidismo sigue imponiéndose. 

Imaginemos que el gobierno les ponga control a los sindicatos del transporte, a esos mismos que a pesar de lo que les entrega el Estado actúan como les viene en ganas sin importarles el cumplimiento de las leyes y mucho menos coadyuvar a que sus miembros lo hagan. Obligar a que los camioneros y conductores de grandes autobuses a que conduzcan del lado derecho en las autopistas; a controlar su alta velocidad cuando transitan vacíos sin que hasta ahora nadie haya hecho nada para resolver estas acciones, solo imagínense. 

Ahora bien, reconocer los problemas que rodean a los sindicatos del transporte no impide admitir que, en principio, estas organizaciones pueden cumplir funciones útiles, pues representan a miles de trabajadores, canalizan demandas legítimas, facilitan la negociación colectiva y ofrecen cierto grado de estabilidad a un sector del que dependen muchas familias. Sin embargo, esas posibles ventajas se desvirtúan cuando el poder acumulado por dichos gremios termina colocándose por encima del interés general, bloqueando la modernización del sistema, resistiendo la aplicación de las normas y favoreciendo prácticas de desorden, clientelismo e impunidad. 

 En lugar de contribuir a un transporte público más seguro, organizado y eficiente, con frecuencia han servido para perpetuar privilegios particulares que lesionan a la ciudadanía y debilitan la autoridad del Estado, lo que convierte un mecanismo de representación en un obstáculo para el bienestar colectivo. Lo oculto, con sus sombras y poco brillo es lo que aterra, debido a que conlleva la inacción. ¡Sí señor! 

 

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