Por: Rafael R. Ramírez Ferreira
Hoy deseo escribir desde una perspectiva personal, consciente de que este conjunto de temas quizá no despierte el interés de muchos ni reciba la atención que merece. Pareciera que, como sociedad, nos hemos habituado a la mediocridad, especialmente cuando ciertos sectores, amparados en un supuesto liberalismo mediático, se encargan de presentarla como algo novedoso e indispensable para existir o participar plenamente en la vida social.
Para comprender esta realidad, conviene reconocer que una de las circunstancias más preocupantes de la vida es la facilidad con que nos acostumbramos a aquello que debería indignarnos. Hoy parece faltar el deseo, o la fuerza interior, para expresar una condena firme ante tantos hechos bochornosos que se intentan disfrazar de tendencias modernas, como si fuera obligatorio adherirse a ellas para evitar señalamientos o calificativos degradantes.
En medio de este maremágnum de presiones morales e incluso materiales, reconocemos plenamente el derecho que asiste a todo ser humano a alimentarse y vivir con dignidad, principio que los políticos suelen proclamar con especial énfasis durante las campañas electorales. Sin embargo, si se abordara este asunto con mayor delicadeza y responsabilidad, habría que afirmar con igual o mayor fuerza que también existe la obligación de trabajar, de realizar alguna labor o acción que justifique ese derecho y permita alcanzar una vida verdaderamente decente.
En días pasados escribí que recibí de mis padres, al igual que mis hermanos, una herencia corporativa integrada por varias compañías imposibles de llevar a la bancarrota. Hemos procurado, por todos los medios, transmitirlas como legado a las próximas generaciones, y deseamos que otras familias también puedan utilizarlas como herramientas para construir un mejor nivel de vida. Esas compañías llevan por nombre honestidad, formación hogareña, responsabilidad y, con un valor equivalente al de las anteriores, amor por su país.
Resulta ya inocultable el desgano que nos consume como nación. Nada se prevé y todo se deja en manos del Señor —cualquiera que sea el nombre con que cada uno lo invoque—, a la espera de que la divina providencia, si existe, resuelva nuestros problemas sin que de nuestra parte se manifieste un verdadero espíritu de emprendimiento. Más precisamente, sin que lo hagan muchos actores políticos, quienes al final parecen ser principio y fin de buena parte de nuestras dificultades. En lugar de contener esta pandemia de irresponsabilidades, con frecuencia la agudizan, como ocurre con la intención de ampliar aún más la burocracia estatal.
En nuestra cotidianidad, incluso la palabra excelencia parece brillar por su ausencia. Se invierten miles de millones en acondicionar balnearios, ríos y playas, incluyendo la construcción de espacios de expendio para nuestros llamados “pobres” emprendedores, a quienes se les sustituyen antiguos mesones por modernos cubículos. No obstante, la calidad del servicio que ofrecen continúa siendo la misma: deficiente, precaria y marcada por la falta de higiene, acompañada muchas veces de música estridente cuyo volumen alcanza hasta el rincón más remoto. Mientras tanto, ninguna autoridad, aun estando presente, asume la responsabilidad de imponer el orden. Así, definitivamente, no puede hablarse de progreso, salvo que se pretenda construir sobre un gran engaño. ¡ Sí señor!

