Hablando entre mentiras cómodas y verdades incómodas Porque: “El éxito tiene muchos padres,el fracaso es huérfano”   

Por: Rafael R. Ramírez Ferreira 

“La mayoría prefiere una mentira 

cómoda antes que una verdad 

que los obligue a cambiar”. 

Sería difícil medir cuántas personas viven hoy en este país bajo el peso de una misma sensación: la desilusión. En estos días le dije a un amigo que consideraba a la religión y a los políticos como los peores contaminantes y distorsionadores del comportamiento natural de los seres humanos. Por eso hoy, sin lugar a duda, si se hiciese alguna encuesta no política, esta realidad saldría a flote y su magnitud nos haría ser “clientes” fijos de los psiquiatras. 

Pero en esta encuesta no podrían participar los economistas, esos que solo ven datos, números insensibles al sentimiento y a la sensibilidad humana; esos a quienes les encanta plasmar índices de deuda, curvas y tasas de crecimiento del PIB, aunque los números que ellos ven sean contrarios a la cruda realidad de la situación y a donde esta nos puede llevar. Porque los economistas ven los patrones y los tiempos, no a la gente. 

Desilusión debería ser la palabra diaria para expresar los disgustos y frustraciones que provocan determinados personajes o entidades políticas. Con esa palabra es que deberíamos referirnos cuando hablamos, por ejemplo, de Obras Públicas. Su inoperancia, desde que dejó de ser simplemente OPC para ser MOPC, quedó en evidencia: fue en ese momento cuando cambió de ser constructora a ser contratista o supervisora de estas, aunque tampoco esto lo ejecuta con profesionalidad. Aquí, para demostrarlo, bastaría con hablar sobre el “tollo” del KM-9; los elevados que restauran y no llegan a los seis meses sin que haya que repetir lo mismo, y de una manera burda, cuyo resultado pareciese ser una montaña rusa. 

Podríamos continuar hablando sobre la carretera Casabito-Constanza y su falta de mantenimiento sostenido, toda una manifestación de irresponsabilidad profesional y opacidad en los criterios de gasto, en donde parchan los hoyos como si fuese con un escupitajo de asfalto o asfaltan unos metros sin siquiera volver a señalizar. Porque eso sí, en cuanto a señalizar, no sabemos si no entra dentro del presupuesto, ya que son contados los lugares donde esto se produce. En tanto, el resto de la carretera continúa su degradación acelerada. 

Por igual, podría ser que esperen los tiempos de lluvia para justificar lo imposible en que se convierte poder pavimentar por completo la referida carretera. Claro que, hasta el momento, tampoco se escucharán las voces de los políticos y funcionarios que tendrían que ver con esta irresponsabilidad. Sí, desilusión es la palabra adecuada. 

Pero la desilusión no termina ahí, porque qué decir sobre Industria y Comercio y la frustración ante la famosa “formulita” en relación con el precio de los combustibles. Toda una absurdidad o, quizás, una burla, donde entra el otro componente de la desilusión a la cual nos referimos: la política. 

En teoría, esa “formulita” debería aportar transparencia, previsibilidad y un criterio técnico para fijar los precios; pero en la práctica se percibe como un mecanismo oscuro, útil sobre todo para justificar alzas y diluir responsabilidades. Cuando subir parece automático y bajar nunca llega con la misma rapidez, deja de verse como una herramienta de equilibrio para convertirse en símbolo de abuso, desconexión oficial y desprecio por la realidad de una población que carga, una vez más, con el peso del costo de vida. 

Y la cosa no termina ahí; nos parece que tendremos que hacer una segunda parte que dé continuación a esto. Porque, ¿qué decir sobre los llamados a controlar y poner orden, haciendo cumplir las leyes de tránsito? No lo sé, aunque sería apropiado y hasta justo cuestionar lo siguiente: ¿cuándo nombrarán un jefe de la DIGESETT o en el INTRANT sin que el país se vea perjudicado por las acciones hechas o dejadas de hacer debido a esos compromisos? 

¿Por qué continuar atado a elementos mediocres o negociantes de la política, por más inteligentes o preparados que sean considerados, o por más dinero que hayan aportado a la causa? ¿Podrá ese nuevo “alguien” sacarnos de esta desilusión, agrupando de nuevo todos esos departamentos parasitarios, creados solo pensando en el manejo independiente de presupuestos? ¿Podría ponerlos bajo una sola sombrilla y acabar con esa locura de estar creando direcciones donde nadie es responsable de nada? Lo dudo, pero escrito está. 

Pero lo que sí sé es que, de todas estas miserias, vestidas de engaños e inoperancias, desigualdades todas medibles y, sobre todo, de la inequidad imperante, solo se sale aboliendo o controlando el clientelismo político corrupto, abusivo y selectivo, que beneficia a una clase pudiente, mientras convierte a otra en mendigos. Oscura y silenciosa desilusión por doquier. ¡Sí, señor! 

 

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