Para qué elegir más si con uno basta y sobra Porque: “El estúpido cree que lo sabe todo y deja de aprender para siempre”. 

 Por: Rafael R. Ramírez Ferreira 

El mayor enemigo del conocimiento 

no es la ignorancia, 

es la ilusión de conocimiento. 

  1. Da Vinci.

La cuestión no parece estar entre el pesimismo y el optimismo, sino en una realidad política cuyas consecuencias la mayoría percibe o padece. Quienes dirigen, ya sea como líderes o como políticos, dentro o fuera del poder, pueden seguir explotando durante años las percepciones que más convengan a sus intereses. Sin embargo, más temprano que tarde, la cruda realidad terminará alcanzándolos. 

Por esa razón, sin importar los procesos utilizados para elegir o designar funcionarios, es indispensable tomar en consideración numerosos factores. Cuando quien dirige se convierte en ley, batuta y constitución, y los subalternos solo atinan a responder “sí, señor” o “no, señor”, la vida moral, ética y política queda reducida a la voluntad de una sola persona. Esa persona encabeza entonces lo que podríamos llamar una dictadura democrática, por el simple hecho de haber sido elegida libremente, aunque el pueblo haya sido engañado o no. 

Bajo esta premisa surge una pregunta inevitable: ¿para qué gastamos cuantiosos recursos en mantener partidos políticos que se limitan a presentarnos ternas con los nombres de quienes ellos consideran lo mejor de sí? Al final, se nos pide escoger entre esos nombres y los de la parte contraria, aunque muchas veces terminen pareciendo más de lo mismo. 

Ahí comienza la gran desilusión del pueblo, que se sacrifica para escoger a determinados “honorables” con la esperanza de que velen por los intereses de la mayoría. Pero, una vez elegidos y sentados en sus poltronas, muchos dejan de legislar y se convierten en un manso rebaño conducido por un pastor que los dirige al fresco abrevadero de las ubres del Estado. 

Entonces, ¿para qué tanta división de poderes en la Nación si, al final, todo desemboca en el mismo pesar? ¿Por qué no elegir un presidente que se convierta en amo y señor, junto a un grupo de alcaldes que ejerzan el poder regional, aboliendo los costosos asambleístas y reduciendo de paso la inmensa cantidad de regidores en los ayuntamientos? ¿Por qué no detener la división territorial del país, establecida muchas veces con el único propósito de buscarles colocación a ciertos sectores de la clase política? Esto último podría parecer un chiste de mal gusto, pero es parte de la realidad que se denuncia. 

De algo sí estamos seguros: si este pensamiento utópico llegara a hacerse realidad, se reduciría la pesada carga que representan para el erario público quienes fueron elegidos para tener voz y voto. Incluso, el endeudamiento interno y externo podría volverse menos gravoso. También estamos convencidos, al observar otras realidades, de que disfrutamos de una democracia con poca voz efectiva. Y si, por azar, alguien se atreve a levantarla —aterrorizado, como yo, por lo que ve y siente—, de inmediato es estigmatizado mediante un retrato grotesco trazado por medios sometidos al poder del dinero, que terminan presentándolo como algo menos que un paria. 

De nada han valido las quejas contra el clientelismo político, que despilfarra alegremente el erario público mientras invoca una bonhomía que solo existe en su oratoria. El derroche del dinero parece una avalancha de lodo cayendo sobre quienes realmente trabajan. Por eso hemos preguntado, sin recibir respuesta, en qué parte del mundo el subsidio a los más pobres ha eliminado el flagelo de la miseria. No lo sé. Sospecho, sin embargo, que la escuela y la adquisición de cultura ayudan más, con el tiempo, a saciar el hambre. 

La educación y la cultura elevan el bienestar físico y mental más que cualquier dádiva. Si así no fuera, y si lo contrario bastara para resolver la pobreza, en África y Latinoamérica el hambre sería ya un ente moribundo y escaso. Pero la realidad demuestra otra cosa: sin formación, sin pensamiento crítico y sin cultura cívica, la dependencia se perpetúa, la dignidad se debilita y el poder continúa administrando la necesidad como si fuera virtud. ¡Sí, señor! 

 

 

 

 

94 Visitas totales
76 Visitantes únicos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *