La guerra que debemos librar Porque: “Aprender es la herramienta má poderosa para transformar la sociedad” 

Por: Rafael R. Ramírez Ferreira 

Tan solo por la educación puede 

el hombre llegar a ser hombre. 

El hombre no es más que lo que 

la educación hace de él. 

Kant. 

Desde sus orígenes, la humanidad ha vivido en guerras de múltiples matices, en las que matar y dejarse matar se han convertido en una constante. Estos conflictos suelen justificarse mediante objetivos y causas presentados como inevitables o grandiosos; sin embargo, con frecuencia terminan revelándose vacíos, absurdos y sometidos a intereses particulares, encubiertos bajo un manto sagrado o un patriotismo mal entendido. 

Hoy, más que ayer, estas guerras son emprendidas por personas que se consideran más instruidas que las generaciones anteriores. Sin embargo, el desarrollo intelectual y económico moderno no parece haberse traducido en una mayor sensatez. Los llamados tontos útiles, ahora letrados, continúan siendo utilizados como carne de cañón por quienes ejercen una política partidaria convertida, al parecer, en la razón de ser de la vida. 

Sin embargo, no toda lucha merece el mismo juicio. Frente a las guerras impulsadas por intereses particulares, existe otra que resulta urgente: la lucha colectiva contra la pobreza, la exclusión y la ignorancia, males que destruyen la dignidad humana sin necesidad de armas. 

Pero hay guerras que no deberían eludirse: las que se libran para impedir que nuestras calles se llenen de seres humanos mutilados de mente, cuerpo y alma. Son verdaderos cadáveres ambulantes, deshumanizados por carencias que persisten porque los líderes temen enfrentar las causas que los condujeron a la miseria en la que han sido condenados a vivir. 

Los políticos no han querido emprender esa guerra de salvación porque se han dedicado a satisfacer sus propias ambiciones. No se detienen a pensar que, en cualquier momento, las masas de desposeídos pueden echar por la borda todo aquello que ellos se han empeñado en conseguir para beneficio personal. 

No es exagerado decir que, al recorrer nuestra tierra, sentimos como si abriéramos una tumba: exhalamos un aliento pútrido y contemplamos con horror el oprobio provocado por el caos generalizado que nos acosa. De ahí nace la necesidad de iniciar esta guerra. Lamentablemente, solo pueden encabezarla los funcionarios y dirigentes políticos, los mismos que han contribuido a crear los problemas que hoy enfrentamos. Aun así, debemos exigirles que emprendan esa lucha salvadora y nos liberen del yugo de la ignorancia. 

Producto de no llevar a cabo la guerra contra el analfabetismo, como razón principal de nuestras debilidades, es que el desandar por nuestras calles se ha convertido en algo parecido a una película del Viejo Oeste, donde impera la ley del más osado o aquel que le importa un bledo su vida. Por igual ocurre con el comportamiento insensible y vulgar que se manifiesta en el lugar y momento menos pensado. Salvajismo de los motoconchistas; de los camioneros blindados ante la ley que no respetan; asesinatos y robos; irrespeto de las leyes y la reacción criminal de la policía, todo producto de lo mismo, es decir, la falta de educación y principios básicos de convivencia. 

Sí, muchos problemas y un solo culpable, ese que lleva por nombre sistema educativo y un sindicato que solo vela por sus propios intereses, por exigir para sí y sus miembros, pero, sin compromisos y mucho menos, sin consecuencias, ya que ha sido tanto el poder adquirido, que los políticos no se atreven a hacerle frente. Contra estos es la guerra y a quienes tenemos que enfrentar caiga quien caiga, porque, muerto el perro, se acaba la rabia. ¡Sí señor! 

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