Los vacíos de la vida pública  Porque: “Mi conciencia tiene para mí, más  peso que la opinión de muchos” 

Por: Rafael R. Ramírez Ferreira 

El progreso no se consigue por 

suerte o por accidente. 

Se consigue trabajando en uno 

mismo todos los días. 

Epicteto. 

Mientras escribo, una brisa procedente del Norte y una temperatura de 18 grados me devuelven a una idea que leí tiempo atrás: la envidia, es la religión de los hombres mediocres. Para ellos, el triunfo o el bienestar ajeno constituyen una ofensa. Esa maledicencia termina por corroerles el alma y ahogarlos en sus propias mezquindades. 

La envidia personal y la degradación de la vida pública parecen fenómenos distintos, pero comparten un mismo vacío: la incapacidad de reconocer el bien ajeno y de actuar en favor del bien común. Porque el desprecio del valor moral de los demás solo se manifiesta en aquellos que, frente al espejo que les devuelve su imagen, se desprecian hasta ellos mismos. 

Así son los tiempos en que vivimos. Cada mañana, políticos y funcionarios disfuncionales presentan, mediante discursos vacíos, una versión absurda e insólita de la realidad. La sostienen con engaños, mentiras y estratagemas, hasta convertir la comunicación pública en una burla para la ciudadanía. 

Ya ni siquiera pretenden guardar las apariencias: la impunidad les ha hecho perder el temor a cualquier reclamo, incluso a los presentados ante las promocionadas Altas Cortes. Tampoco sorprende encontrar allí a antiguos socios vinculados con sus emporios o actividades políticas, dispuestos a justificar lo que, en justicia, carece de toda justificación. 

Parecemos un pueblo en sus últimos estertores. Las esperanzas de cambio se evaporan con mayor rapidez que las buenas intenciones, mientras quienes nos castigan, olvidan deliberadamente, que todo poder tiende a conllevar en sí, el germen de su propia decadencia. Ni siquiera la belleza permanece intacta cuando se la somete al abuso y a la repetición; quizá tampoco hayan escuchado aquella canción que recuerda que hasta la belleza cansa. La demagogia completa ese deterioro: se predican como ciertas doctrinas que se saben falsas, mientras se menosprecia la capacidad de juicio de la ciudadanía. 

El mayor problema radica precisamente en que los políticos pretenden desconocer esta realidad, sea por olvido o por ignorancia. Con esa actitud están empujando al país hacia un posible descalabro social de magnitudes insospechadas: una reacción brusca del pueblo ante el descaro y el desprecio que percibe en cada una de sus acciones. En ellas priman los intereses personales y los de sus clanes y descendientes, no el bien común. 

Algunos dirigentes llegan incluso a preguntarse por qué aumenta la abstención en las elecciones generales, cuando les bastaría una breve introspección para encontrar la respuesta. Muchos jóvenes se alejan de las urnas porque el clientelismo inmoral y corrupto ha debilitado el sentido de nación y erosionado los sentimientos patrios de un estudiantado que, hasta hace unas décadas, sostenía la lucha por un mayor bienestar ciudadano. Ese distanciamiento no nace de la indiferencia en el vacío, sino de la pérdida de confianza provocada por una forma de ejercer el poder que contradice el bien común. 

El derecho al voto pierde sentido cuando quienes aspiran a representar a la ciudadanía, lejos de encarnar sus mejores valores, se convierten en exponentes de los vicios y debilidades que históricamente han hecho mella en nuestras sociedades. Son esos mismos dirigentes quienes promueven la chapucería, el farandulerismo vulgar, el rechazo al sacrificio necesario para alcanzar un triunfo legítimo y, sobre todo, el uso clientelar del erario. Ante semejante degradación, la abstención deja de ser un misterio: es también la consecuencia de una política que ha vaciado de credibilidad el acto de elegir. ¡Sí señor! 

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