Por: Rafael R. Ramírez Ferreira
“Los sabios buscan la sabiduría;
los necios piensan haberla encontrado”.
A lo largo del tiempo, las sociedades han tendido a aceptar normas, discursos y verdades establecidas como marcos de referencia para la vida colectiva. No obstante, la revisión del pasado constituye un ejercicio esencial para comprender los fundamentos sobre los cuales se han configurado numerosas creencias, conductas y decisiones históricas.
En el contexto contemporáneo, numerosos hechos han sido presentados o interpretados de manera parcial, hasta consolidarse como relatos ampliamente aceptados dentro del imaginario colectivo. Esta dinámica no solo distorsiona la comprensión de la historia, sino que también debilita la capacidad crítica necesaria para examinar con rigor las versiones que se transmiten como incuestionables.
Cuando se omite una revisión crítica del pasado, se reduce la posibilidad de identificar señales que podrían advertir sobre consecuencias futuras. Por ello, examinar con honestidad los acontecimientos previos no constituye un ejercicio de nostalgia, sino una condición necesaria para actuar con mayor discernimiento, responsabilidad y libertad en el presente.
En las últimas décadas, determinados episodios han sido presentados ante la opinión pública como acciones emprendidas en nombre de la patria y del interés nacional. Sin embargo, una revisión desapasionada de esos procesos sugiere que algunas figuras exaltadas como referentes incuestionables también estuvieron vinculadas a prácticas de poder, ambiciones personales y redes de beneficio que contribuyeron a la construcción de una imagen histórica parcial, desligada de aspectos sustanciales de su trayectoria.
Tal vez por ello, mirar atrás se ha convertido en un tabú. Incluso plantearlo suele dar lugar a descalificaciones que lo presentan como una postura anclada en el pasado, ajena a los cambios del presente o incompatible con la evolución de la vida política.
La negativa a revisar experiencias previas ayuda a explicar por qué muchos de los cambios prometidos no han logrado materializarse en la práctica. Con frecuencia, el discurso reformista se agota en la retórica y deja escasos resultados verificables, como ha ocurrido con iniciativas anunciadas para fortalecer los vínculos con otras islas del Caribe que no pasaron del plano protocolar o declarativo.
Gran parte de la dirigencia política ha concentrado su atención en la rentabilidad inmediata de sectores como el turismo, sin detenerse a evaluar con suficiente rigor las lecciones que ofrece la experiencia histórica. Esa orientación ha privilegiado la lógica partidista por encima de una visión estratégica de largo plazo, lo que ha limitado la capacidad de formular propuestas verdaderamente innovadoras y de rescatar aciertos de etapas anteriores.
En ese contexto, reaparecen propuestas que distan de ser novedosas, como la extensión de los períodos de gobierno a seis años o la preservación de una estructura político-territorial que ha favorecido el crecimiento de la burocracia, el uso ineficiente de los recursos públicos y un endeudamiento creciente, incluso para obras de alcance limitado. Sin una revisión seria del pasado, resulta difícil corregir esas tendencias y construir un horizonte institucional más responsable y sostenible. Para buen entendedor pocas palabras bastan para comprender el problema. ¡Sí señor!

