Por: Rafael R. Ramírez Ferreira
“Si pudiera borrar todos los errores de
mi pasado, estaría borrando toda
la sabiduría de mi presente”.
En la actualidad, resulta cada vez más urgente ofrecer respuestas claras, responsables y efectivas a los problemas que afectan a nuestra sociedad. Muchos de esos desafíos se han profundizado por la persistencia de discursos políticos orientados al pasado, con escasa conexión con las necesidades reales de la ciudadanía y con las soluciones que demanda el país.
Frente a esa realidad, la sociedad exige una dirigencia capaz de formular propuestas renovadas, asumir compromisos verificables y actuar con una conducta pública coherente con los retos del presente. Gobernar no puede limitarse a repetir narrativas agotadas; debe implicar visión, responsabilidad institucional y voluntad real de transformación.
Cuando la ciudadanía elige a sus representantes, les entrega un mandato que debe ejercerse con sentido de servicio, responsabilidad democrática y compromiso con el interés colectivo. Esa confianza no puede utilizarse para legislar desde resentimientos del pasado ni para favorecer agendas particulares; debe orientarse a garantizar mayor protección, seguridad, bienestar y oportunidades para la sociedad.
A este panorama se suma una tendencia comunicacional que, en ocasiones, privilegia la conveniencia personal sobre el deber de informar con equilibrio y responsabilidad. Cuando la información se distorsiona para favorecer intereses particulares, se debilita la confianza pública y se empobrece el debate necesario para enfrentar los problemas del país.
Por ello, quienes ejercen la comunicación pública tienen la responsabilidad de actuar con independencia, rigor y sentido ético, especialmente cuando abordan asuntos de alto interés social. El micrófono, la tribuna o cualquier espacio de opinión no deben convertirse en instrumentos de complacencia, sino en medios para orientar, fiscalizar y contribuir al fortalecimiento institucional.
Un ejemplo relevante de esta situación se aprecia en el debate sobre la Policía Nacional, una institución cuya transformación resulta esencial para avanzar hacia un país más seguro, ordenado y confiable. Durante años, este tema ha sido abordado desde posiciones parciales, con frecuencia condicionado por intereses políticos, diagnósticos superficiales o propuestas desconectadas de la realidad operativa de la seguridad ciudadana. La discusión no debe reducirse a señalar a un grupo específico dentro de la institución ni a trasladar responsabilidades de manera conveniente; debe centrarse en identificar las causas estructurales que han limitado su eficiencia, su credibilidad y su capacidad de respuesta ante la ciudadanía.
En distintos momentos, desde el interior de la propia institución policial se han promovido esfuerzos para fortalecer la meritocracia, entendida como la selección y designación de personas con la preparación, la experiencia y las competencias necesarias para ocupar posiciones de responsabilidad. Sin embargo, esos intentos no han logrado consolidarse de manera sostenida. Con frecuencia, las decisiones de mando han terminado condicionadas por respaldos políticos o conveniencias externas, por encima de la trayectoria, el desempeño y la capacidad real de quienes integran la institución.
Confieso que, a pesar de todo, aún aspiro a ver una Policía Nacional que inspire orgullo, confianza y respeto ciudadano. Para lograrlo, es indispensable superar las prácticas que han debilitado su eficiencia, su sensibilidad humana y su legitimidad institucional. La reforma policial no debe quedarse en discursos ni en medidas superficiales; debe traducirse en decisiones firmes, transparentes y sostenidas, orientadas a construir una institución profesional, cercana a la gente y comprometida con la seguridad y la dignidad de todos. ¡Sí señor!

