Por: Rafael R. Ramírez Ferreira
La mente que se abre a una
nueva idea, jamás volverá a
su tamaño original.
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Vivimos una etapa en la que la distancia entre lo que se dice y lo que se hace ya no es una contradicción menor, sino una crisis pública de responsabilidad, principios y respeto por la dignidad humana. Todos hablan de rectitud, pero pocos la practican; por eso la irresponsabilidad se ha ido imponiendo sin pausa en nuestros comportamientos ciudadanos y hasta en nuestros sentimientos personales y familiares.
Esa irresponsabilidad no surge de la nada: es consecuencia de la degradación de principios que durante años orientaron nuestro comportamiento como seres humanos. Tal vez no eran principios modernos, pero sí normas no escritas, sostenidas por la buena educación y por el respeto a quien hacía lo correcto; de ahí que hoy parezca cumplirse aquel refrán: cuando el árbol está seco, nadie recuerda la sombra que alguna vez dio.
En ese ambiente, vender impúdicamente la integridad por un puñado de pesos ha dejado de sorprender, sobre todo cuando ciertos medios de comunicación sirven de vehículo para propaganda negra, gris o descaradamente blanca. Lo más grave es que esa operación se financia con impuestos arrancados de las costillas del pueblo y mal empleados por el mismo Estado que está llamado a administrarlos con decencia.
Un ejemplo visible de ese engaño es la publicidad que, aun semanas después del espectáculo de los Juegos Centroamericanos, continúa agradeciendo una asistencia ya consumada. Bajo la apariencia de gratitud, se sostiene un gasto oneroso de los dineros del Estado, precisamente cuando se ha prometido una y otra vez economizarlos: ahí está el contraste entre el discurso y la conducta.
De esa degradación nace otra consecuencia todavía más dolorosa: abundan las armas para atacar la dignidad de quien se desea convertir en víctima, mientras defender a un inocente se vuelve una odisea. Así, la envidia y la mediocridad terminan presentándose como ley moral, hasta justificar desvaríos éticos que antes habrían provocado vergüenza y hoy parecen administrarse como rutina.
Por eso, benditos sean quienes se enfrentan a los ladridos de los cretinos, aun sabiendo que sus mordidas pueden ser venenosas para la moral de los mordidos. Si alguna esperanza queda, nace de quienes todavía se atreven a llamar por su nombre a la ignominia, a la mezquindad y a ese mercado donde se compra y se vende hasta la conciencia.
Hoy, nos enfrentamos a hechos inauditos para la gran mayoría que pese a todo trata de sostener determinados principios. Nos han llevado a que creamos que solo la acumulación de datos es lo que importa para ser un buen ejecutivo o peor aún, un líder, cuando la realidad es que el secreto es el poseer la mayor capacidad para resolver problemas y crear nuevas cosas que favorezcan el buen vivir de la mayoría de los ciudadanos y no, la exposición desenfrenada de teorías.
Eso, precisamente, es lo que nos han proporcionado, basados en discursos vacíos de contenido, pero llenos de letras y articulaciones engañosas, pero, eso sí, con un dramatismo que hipnotiza. ¡Sí señor!

