Por: Rafael R. Ramírez Ferreira
Cuanto más grande es la
dificultad, más gloria hay
en superarla.
Eurípides.
Como todo ser común, me llegan a hastiar determinadas cosas o situaciones,
donde muchos ceden y dejan el agua correr ante la impotencia de algo
cambiar, es decir, se rinden, pero he vivido obsesionado con las cosas bien
hechas o por lo menos, con la intención de que así sean y me niego a aceptar
lo que no se debe aceptar, como sería la indolencia y la ineptitud con los
problemas que nos aquejan como pueblo, ya que, de una u otra manera,
igualmente me afectan.
Salvo honrosas excepciones, los políticos en las últimas décadas han jugado
con fuego, dejando una candelita aquí y otras allá, desconociendo el peligro
que eso significa para la convivencia decorosa y humana dentro del país. Han
jugado hasta a la desvergüenza con el problema haitiano y a pesar de lo que
se ha hecho hasta ahora, al haber llegado tan lejos cerrando los ojos -aunque
abriendo los bolsillos, se ve poco el progreso al que se ha llegado.
Del tránsito siquiera decir, ya parecemos cualquier ciudad de esas famosas
por el caos que producen los rickshaws, tuk tuks o peor, los llamados Tatao;
motoristas y vehículos públicos cual si fuesen animales sueltos en una
pradera. En tanto aquí se comenzó a permitir el desorden vehicular que ya es
un caos, donde, ningún honorable u “onorable” -casi lo mismo-, que proponga
prohibir, durante cinco o diez años, la importación de motores de dos ruedas y
otros muchos de tres que, haciendo esto, aun dentro de 5 o 10 años
tendremos en el territorio motores que sobran.
Ningún teórico ha pensado en volver a ponerles las placas públicas al concho;
obligar a pintar de amarillo a todo el carro público de concho o taxi; radicalizar
la inspección de estos y, hasta alternar sus días de trabajo.
Aunque muchos pensarán que esto le corresponde al gobierno y, quizás
tengan razón, pero, con esta política clientelista, es posible que, no exista el
valor y el coraje político para tomar estas decisiones, por no hablar de la falta
de colgantes, ya que podría interpretarse como algo semi- irrespetuoso,
aunque al final, simplemente, es lo mismo.
El otro gran problema que ha generado la permisividad y el clientelismo es la
inseguridad ciudadana, que debería descansar en los hombros de la policía
nacional, a pesar de que, todo el mundo sabe que no tiene hombros para
sostener ese peso de responsabilidad. Nos han inundado con supuestas
buenas intenciones, obviando, que no siempre estas coinciden con un buen
desempeño. Hasta podríamos decir, que se han decidido por la forma, el
uniforme y demás chacharas y no por obtener la eficiencia del órgano policial.
Cada acción de la policía tomada en cámaras, demuestran claramente las
flaquezas que padecen, pero que, quienes están llamados a verlas, se hacen
los ciegos, aunque más bien parecería desconocimientos y miedos para
actuar como deberían. Solo y bastaría ver la carencia de un negociador
policial cuando se produce una situación de rehenes o atrincheramiento en
algún lugar, donde el relacionador público se apersona como si fuese un
clérigo o cuando llegan a la escena del crimen nadie pone orden en los
alrededores, es decir, acordonar el área para proteger evidencias y mantener
el orden.
Por igual sucede cuando se apropian de pruebas del delito como armas, ya
sean blancas o de fuego, donde la toman sin ningún tipo de protección,
desconociendo el uso de guantes para no alterar las huellas -total, que al
parecer tampoco realizan ningún tipo de experticia en laboratorio alguno-,
causando estupor el ver cómo, en el último de estos episodios, el relacionador
cogió el arma como si fuese un plátano.
Y siquiera hablar de la manera que se presentan al lugar de los hechos -como
sucedió en este último evento- desprovisto de la debida protección corporal y
el uso de las macanas y las esposas para proteger la integridad física del
sospechoso, han y brillan por su ausencia y, ni hablar de decirle sus derechos
al imputado. Todo un desastre, un desmadre. ¡Sí señor!

